Bajar el CO2: el desafío climático

El cambio climático es el mayor desafío de los tiempos actuales y, como lo demanda la gente en las calles, requiere de medidas urgentes. Producto de nuestro estilo de vida, el planeta se está degradando. Para combatirlo es necesaria una transformación profunda del modelo económico de producción. Se debe perseguir el desarrollo sostenible y tiene que estar en concordancia con la erradicación de la pobreza. 

La necesidad de reducir el calentamiento global

Como lo enfatizó el secretario general de la ONU en la antesala de la COP25, el planeta se encuentra en un punto sin retorno. Basándose en informes del IPCC, advirtió sobre los esfuerzos insuficientes de los países. A su vez, instó en la necesidad de que el calentamiento global no supere los 1.5 grados con respecto a los niveles preindustriales. 

El período de referencia 1850-1900 se utiliza para establecer una temperatura media global en superficie aproximada a los niveles preindustriales.

Los últimos seis años han sido los más calurosos de la historia desde que existen registros confiables, según datos de la Organización Meteorológica Mundial. Si esta tendencia continúa, los efectos climáticos ya existentes podrían ser todavía más catastróficos. Entre ellos están el aumento del nivel del mar, la pérdida de ecosistemas marinos y terrestres y los fenómenos meteorológicos extremos.

Es necesario que se tomen medidas urgentes y que las naciones adecuen sus marcos normativos al Acuerdo de París. Según los expertos, las decisiones que se tomen hoy pueden seriamente impactar las posibilidades de un futuro sostenible para todas las regiones del globo. 

Los efectos de las emisiones producidas por las actividades humanas 

Desde la época preindustrial, las concentraciones atmosféricas de gases de efecto invernadero (GEI) han registrado un aumento continuo como consecuencia de la actividad humana. Estos impiden que se pierda parte de la energía que emite la tierra al absorber el calor del Sol. En consecuencia, aumenta la temperatura del planeta y se pierden miles de ecosistemas.

En el último boletín de gases de efecto invernadero de la Organización Meteorológica Mundial, se expone que la concentración de CO2 en la atmósfera, principal gas de GEI, alcanzó en 2018 las 407,8 partes por millón (ppm). Implica casi un 47% más que el nivel preindustrial. 

Según el IPCC, para limitar los riesgos de un calentamiento global, es vital que las emisiones antropógenas netas globales de dióxido de carbono (CO2) disminuyan en 2030 alrededor de un 45%, respecto de los niveles de 2010. A su vez, es necesario que siguieran disminuyendo hasta alcanzar el «cero neto» hacia el año 2050.

Esto implica que cualquier emisión remanente debe ser compensada mediante el retiro del CO2 de la atmósfera, con tecnología que aún no está desarrollada a gran escala. Para alcanzar estas metas, se requieren transiciones profundas y urgentes en la tierra y en los sistemas urbanos, industrial, energético y de infraestructuras.

Medidas insuficientes para combatir el aumento del CO2

Luego de tres años del Acuerdo de París, las medidas adoptadas por los países firmantes parecen ser inadecuadas e insuficientes para enfrentar al cambio climático. Es decir, no hay señales de desaceleración de las concentraciones atmosféricas de GEI.

Así quedó demostrado en el informe presentado por el Proyecto Global de Carbono durante la COP25. Las emisiones de CO2 han aumentado 0,6 % en el 2019 a nivel mundial, respecto del año anterior. Esto se debe a que, si bien el consumo de carbón se ha reducido, se han incrementado el consumo del gas natural y el petróleo.

Reconciliar nuestra relación con la naturaleza

Para reducir la huella de carbono es imperativo que se comprometan todos los actores y sectores sociales a escala mundial. El cambio climático es un reto social, político, cultural y económico y no meramente ambiental. La transición ecológica solo es posible con un cambio en el modelo económico de producción. Se debe frenar el consumo desenfrenado que pone en riesgo la supervivencia de miles de especies y afecta mayormente a las zonas más vulnerables.

Lograrlo implica una nueva conceptualización de la relación que los seres humanos tenemos con la naturaleza. En ello, los saberes de las poblaciones indígenas y las comunidades locales tienen un rol central para pensar una productividad ecológica.