Todavía hay mucho más que perder

Los seres humanos estamos cometiendo atrocidades contra la naturaleza: emitimos gases de efecto invernadero en exceso, deforestamos, contaminamos y utilizamos el suelo de manera no sostenible. Las consecuencias que esto genera no son leves. El calentamiento global y la extinción masiva de especies arrasan con el planeta biológicamente diverso que hasta ahora hemos podido disfrutar. 

Actualmente se extinguen 150 especies de animales por día. Esto representa la mayor cifra de extinción desde la era de los dinosaurios de acuerdo a la ONU. Lo proyectado para el futuro no es diferente. Para el 2050 se estima que en los océanos habrá más plásticos que peces según el divulgador y doctor en Biología Alberto Santolaria. Ya hemos devastado un 33% de los bosques, un 66% de los ecosistemas marinos y un 85% de los humedales informa el estudio Planeta vivo del Foro Mundial para la Naturaleza.

Son tantos los límites que hemos cruzado que el abuso que ejercemos sobre el medio natural nos amenaza a nosotros mismos. Nuestra salud perece con la de la naturaleza: bañamos los alimentos que consumimos en agroquímicos, inundamos nuestro propio cuerpo con partículas de plástico, y dañamos nuestros propios pulmones con el humo de la quema de combustibles fósiles. Según la ONU, globalmente 9 de cada 10 personas respiran aire contaminado. 

Los ecosistemas sanos permiten que la vida humana pueda prosperar. Entre otras funciones, limpian el agua, purifican el aire y mantienen la tierra fértil. De la misma manera, el sistema climático genera las condiciones necesarias para la vida como la conocemos. Al alterarlos, ponemos en juego nada menos que nuestra seguridad alimentaria, salud y calidad de vida a nivel mundial.

Estamos poniendo en riesgo las bases fundamentales de nuestra existencia al alterar los ecosistemas y el clima. 

La creencia de que no es conveniente realizar una transición a un sistema de producción y consumo sostenible es una falacia por el simple hecho de que permanecer en este estado de crisis climática y ecológica es inviable. La no internalización del valor de los servicios ambientales en el precio de los productos que consumimos es una falla de mercado demasiado cara. Es contraproducente sostener un sistema que trata al planeta como una mera fuente de recursos. No debemos olvidarnos que sin naturaleza no habría ser humano. 

Hace dos décadas el IPCC consideraba que de excederse los 5°C de calentamiento con respecto a los niveles pre industriales tendríamos consecuencias bruscas e irreversibles. Pero, de acuerdo a las proyecciones más recientes (2018), se afirma que experimentaremos este tipo de consecuencias con un aumento de solamente entre 1.5°C y 2°C. “Solamente” porque de cumplirse los compromisos actuales del Acuerdo de París, el aumento será de alrededor de 3°C.

Estamos jugando con fuego. A medida que los científicos estudian en mayor profundidad el calentamiento global, llegan a conclusiones cada vez más alarmantes afirmó el Dr. William Moomaw en la COP 25. Las consecuencias de esta crisis no son estáticas ni lineales, empeoran cada día de manera viciosa, y con ello sus efectos sobre nosotros y nuestro planeta. Debemos tener el coraje de afrontar la realidad: Hemos creado una bomba que si no desactivamos, explotará en nuestro hogar. 

Esta lucha contra el colapso ecosistémico no se trata simplemente de sobrevivir. La naturaleza posee un valor intrínseco y nuestras acciones deben ser coherentes con el hecho de que estamos inexorablemente conectados a ella. Si logramos subsistir con grados altísimos de destrucción, si terminamos viviendo en un desierto de concreto y basura ¿Valdrá la pena? ¿Dónde quedan nuestros ideales si para la obtención de la riqueza todos los medios son válidos? ¿Qué idolatría por el consumo desmedido encarnamos como para no ser capaces de priorizar una vida saludable? 

No resulta justo que estemos quemando la oportunidad de las generaciones futuras de disfrutar de un medioambiente sano. No es justo que quienes más sufren las consecuencias de este cataclismo sean quienes menos contribuyen al problema. En relación al cambio climático esto último es muy claro, el 10% de la población mundial más rica económicamente produce la mitad de las emisiones de efecto invernadero.

Insertos en un contexto global turbulento resulta esencial recordar hacia dónde apuntamos como humanidad. El idealismo no es el enemigo del realismo, sino la ambición que nos permite construir aquello que en algún momento parecía imposible. Es aquello que nos motiva a seguir avanzando, a esforzarnos por un mundo más justo. El hombre está dañando algo tan extraordinario como la única fuente de vida que conoce ¿A qué ideal responde eso? 

No nos crucemos de brazos, no nos quedemos dormidos, el futuro todavía no está escrito. Tenemos la responsabilidad de preservar la naturaleza que nos engendró y que nos permite vivir. Exijamos que la sustentabilidad se convierta en un imperativo. Los momentos de crisis como el que estamos viviendo actualmente son una oportunidad para repensarnos. Los combustibles fósiles nos ayudaron a desarrollarnos como sociedad, pero debemos aceptar que son insostenibles. Esforcémonos para seguir prosperando y para no tener que optar entre el crecimiento económico y la salud del medioambiente.

Alteramos demasiado la biósfera y emitimos demasiados gases de efecto invernadero como para revertir todos los efectos que ya causamos. No podemos revivir las especies ya extintas, ni revertir las inundaciones o los incendios forestales cuya escalofriante intensidad se adjudica a forzamientos antropogénicos. Pero esto lejos está de significar que debemos rendirnos. Todavía hay mucho que perder. Cada fracción de grado adicional de calentamiento que logremos evitar, como cada ecosistema que logremos preservar, hace una gran diferencia. Cuanto más tardemos en actuar, más costos económicos y sociales tendremos que asumir, y menos posibilidades tendremos de mantener la alteración que provocamos en el medioambiente en un rango manejable (Christina Figueres, 2020, p.55). 

El mundo cruje mientras nos aproximamos a puntos de no retorno. Estamos al borde del derrumbe ecosistémico. Es momento de reflexionar qué camino queremos seguir como humanidad. Los datos son duros, pero, si logramos empoderarnos con ideas de cambio y actuamos conforme a ello, podemos hacer lo necesario para preservar lo que apreciamos.

Involucrate.

Delfina Godfrid