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Agroecología en tiempos de Covid-19

Varios cambios se vienen advirtiendo en la naturaleza como consecuencia del Covid19. La disminución en la contaminación del aire, la aparición de fauna en centros urbanos y la cristalización del agua, entre otros. Este virus llama a la humanidad, a repensar el desarrollo capitalista y a cuestionarse la forma en que se relaciona con la naturaleza. Una vez más, queda al descubierto el estrecho vínculo entre la salud humana, animal, de las plantas y la ecología.

Esta pandemia invita a analizar la relación entre la agricultura y la salud, reconociendo el enfoque sistémico de la agroecología. Esta última puede fomentar el bienestar, entretanto se eviten los procesos industriales, los cuales pueden generar grandes riesgos y daños para la salud.

El 80% de las 1500 millones de hectáreas cultivables en todo el mundo son ocupadas por monocultivos a gran escala, los cuales carecen de diversidad ecológica y son muy vulnerables a las plagas. Para hacerle frente a esta situación, se aplican anualmente 2300 millones de kilogramos de pesticidas, produciendo daños ambientales y efectos tóxicos agudos y crónicos en la salud, a costos económicos muy elevados.

¿Por qué la desprotección de agropaisajes abre la puerta a las pandemias?

El factor agravante es el reemplazo de agropaisajes biodiversos por grandes áreas de monocultivos. Cuando se origina la deforestación los organismos migran a las urbes desde los bosques. Como resultado de las actividades de la agricultura industrial y el uso de agroquímicos e innovaciones biotecnológicas, enfermedades que previamente eran controladas por ecologías forestales de larga evolución en hábitats naturales, son liberadas alcanzando las poblaciones. 

Con las actividades paralizadas la debilidad del sistema alimentario globalizado sale a la luz. 

Las restricciones al transporte impiden la llegada a destino de alimentos importados, ya sea de otra región del mismo país. Así es como en el ámbito alimenticio, las consecuencias son fatales, principalmente para aquellos países que importan más del 50% de los alimentos que consume su población. De esta manera, queda al descubierto la insostenibilidad de este sistema alimentario y su vulnerabilidad frente a factores externos como desastres naturales o pandemias. 

La transición hacia una agricultura agro es vital para proporcionar beneficios sociales, económicos y ambientales a las familias rurales. Este modelo tiene la capacidad de alimentar a las masas urbanas equitativamente y de forma sostenible. Promover nuevos sistemas alimentarios locales es urgente para garantizar la producción de alimentos abundantes, saludables y asequibles para una creciente población humana urbanizada. 

¿Cuál sería la solución de la mano de este sistema? ¿De qué manera contribuiría a la disminución de posibilidad de nuevas pandemias?

Dentro de los pilares de la agroecología se plantea restaurar los paisajes que rodean los campos. Esta medida conduce al enriquecimiento de sus funciones como el control natural de las plagas, la conservación del agua y suelo, la regulación climática y biológica, entre muchas más. Con el restablecimiento del paisaje también se impide la salida de patógenos de sus hábitats. La producción ganadera sana es también una arista donde la agroecología pone su foco. En ella, los animales son provistos de alimentos naturales provenientes de suelo sanos sin hacer uso de antibióticos, reforzando así sus sistemas inmunitarios.

Este es un gran momento para reflexionar sobre cómo y qué se consume. El aporte de la agroecología contribuye a la nutrición de las familias locales con alimentos nutritivos de origen vegetal y animal producidos en fincas agroecológicas. Al mismo tiempo protege al sistema inmunológico mejorando su capacidad de resistirse frente amenazas, incluidos los virus contagiosos como el Covid-19.  

Sin lugar a dudas, en un mundo donde el cambio climático pisa fuerte y una pandemia dijo presente, la agroecología tiene el potencial para abastecer gran parte de los alimentos necesarios en comunidades urbanas y rurales. Sin embargo, su desarrollo recae sobre el compromiso del principio de la economía solidaria donde existen oportunidades equitativas de mercado local y regional. Aquí es donde la participación de los consumidores es fundamental, ya que debe entenderse que el apoyo a los agricultores locales, en lugar de a cadenas alimentarias corporativas, crea sostenibilidad. El mensaje es claro, comer es un acto ecológico y político. El cambio en los gobiernos llevará tiempo, por lo cual, el poder de generar el cambio es de los consumidores, haciendo elecciones diarias apoyando a los pequeños agricultores, al planeta y a su propia salud.

Los ecosistemas sostienen las economías (y la salud), pero las economías no sustentan los ecosistemas. El Covid-19 ha llegado para poner al mundo en pausa, recordando que cuando el tratamiento sobre la naturaleza es desconsiderado, este tiene consecuencias profundas perjudicando también a los humanos.

Lourdes Rodriguez Frascaroli

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